Hello World!
· Edwin El Rojo
La primera bandera digital
Crear mi primera página web se sintió, salvando todas las distancias, como llegar a la Luna.
No porque fuera una hazaña comparable, claro. Sino por esa sensación extraña de ver materializado algo que durante mucho tiempo solo había existido como una idea.
Cuando realizaba mis estudios de redes y seguridad informática, recuerdo haber pensado que algún día quería tener mi propia página web.
Era apenas una proyección.
Una de esas ideas que aparecen mientras uno estudia, aprende y descubre todo lo que existe detrás de Internet.
Pasaron días, meses y años desde aquel primer pensamiento.
Durante todo ese tiempo, esa página simplemente no existía.
Hasta que un día estuvo ahí.
Publicada en Internet.
Y la sensación al verla por primera vez fue muy sencilla:
“Esto lo hice yo.”
Para mí fue una especie de alunizaje.
Durante años, Internet había sido un lugar al que entraba.
Visitaba páginas, utilizaba aplicaciones, consultaba información, estudiaba, trabajaba y veía cómo otras personas construían cosas increíbles detrás de una pantalla.
Pero existe una diferencia enorme entre visitar Internet y construir una pequeña parte de él.
La primera vez que escribes código, levantas una página y finalmente aparece publicada en una dirección que cualquiera puede visitar, algo cambia.
Deja de ser solamente código.
Ya no son archivos guardados en una carpeta, etiquetas HTML, estilos, componentes o líneas que uno prueba una y otra vez hasta descubrir por qué demonios algo no funciona.
Ahora existe.
Está ahí afuera.
En la red.
Recuerdo esa sensación como una especie de alunizaje digital.
El navegador era la ventana.
El servidor, ese territorio desconocido.
El dominio, la pregunta inevitable:
“¿Qué nombre le voy a dar?”
Y cuando finalmente todo funcionó, sentí que acababa de plantar una pequeña bandera:
“Llegué hasta aquí.”
No importaba que aquella primera página fuera sencilla.
Probablemente tenía errores.
Seguramente hoy cambiaría buena parte de su diseño y de su código.
Pero eso es irrelevante.
Las primeras cosas que construimos rara vez son las mejores.
Son importantes porque son las primeras.
Porque demuestran que podemos hacerlo.
Después de ese momento empiezan las preguntas.
¿Y si agrego esto?
¿Y si puedo conectarlo con una base de datos?
¿Y si creo una aplicación?
¿Y si automatizo este proceso?
¿Y si construyo algo que realmente le sirva a otra persona?
Una pequeña página puede convertirse en la puerta de entrada a proyectos que, en ese momento, ni siquiera imaginábamos.
Eso es algo que me sigue fascinando del desarrollo de software.
Podemos comenzar con una pantalla completamente vacía.
Un archivo.
Un cursor parpadeando.
Y desde ahí construir algo que eventualmente puede ser utilizado desde cualquier lugar del mundo.
No hace falta tener una gran infraestructura para comenzar.
Hace falta curiosidad.
Paciencia.
Leer mucho y estudiar.
Equivocarse un número considerable de veces.
Y tomar la decisión de seguir intentando cuando algo que debería funcionar simplemente decide no hacerlo.
Con el tiempo llegaron proyectos más complejos, nuevas tecnologías, inteligencia artificial, automatización y muchas otras ideas.
Pero aquella primera página conserva un lugar especial.
Fue el momento en el que Internet dejó de ser solamente un lugar que visitaba.
Ahora también tenía presencia en él.
Tenía un espacio propio donde podía construir y materializar mis ideas.
Hoy, mientras REDvista Intelligence comienza su propia historia, me parece apropiado regresar precisamente a aquel momento.
Porque esta publicación también empieza con una página vacía.
Con un primer texto.
Y con un primer código:
#FF6600
Una nueva pequeña bandera digital.
Y quizá, dentro de algunos años, mire esta primera editorial de la misma manera en que hoy recuerdo aquella primera página web.
No por lo sofisticada que era.
Sino porque fue aquí donde comenzó todo.